La suerte, los errores y otras razones
Hace varios años, cuando todavía vivía en mi ciudad natal de Buenos Aires, tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de empresarios, donde se tocaba el tema del éxito en los negocios, el que bien podría aplicarse a todos los ámbitos de la vida.
Uno de los disertadores, millonario accionista de una de las firmas más prominentes de la Argentina, decía que para alcanzarlo se dependía de un 25 por ciento de capacidad individual y un 75 por ciento de suerte y que en ambos casos era fundamental tener la visión para estar en el lugar justo en el momento adecuado.
La suerte, ese ingrediente que en el fútbol forma parte de su misma esencia. Ejemplos sobran a lo largo de la historia y en las últimas semanas se manifestaron de forma contundente.
Sólo hace falta ver lo sucedido en el partido Manchester City-Queens Park Rangers para notar cómo en dos minutos se definió la suerte de una temporada y por sobre todas las cosas la del técnico Roberto Mancini.
¿Qué hubiese sido del italiano si Dzeko y el Kun Agüero no daban vuelta una historia que parecía sellada? Seguramente estaría exiliado en Siberia, como mínimo. Más de uno estaría aún reclamando la “barbaridad” que hizo al sacar a Tevez para poner a Dzeko cuando necesitaba ganar y su rival estaba con 10 hombres. (No cuestiono el ingreso del bosnio, sino que el cambio debió haber sido por un defensor ante la urgencia del caso).
Este fin de semana volvimos a observar otro caso similar. El ultradefensivo Roberto Di Matteo no renegó de sus fundamentos y volvió a jugar con ese planteo ante el Bayern Munich. Sólo claudicó cuando a falta de seis minutos Thomas Müller puso el 1 a 0 a favor de los alemanes. Allí, sin alternativas, puso a Fernando Torres.
Y la apuesta le volvió a salir bien. La suerte estuvo de su lado ya que en un nuevo acto de inspiración Didier Drogba, previo a un tiro de esquina que provocó el “Níño”, igualó el partido en otra de las tantas jugadas aisladas tan características en los últimos tiempos a favor del Chelsea.
Pero así como la suerte acompaña, es también muy cierto que muchas veces hay que ayudarla y no darle la espalda como hizo el técnico Jupp Heynckes, quien cometió dos errores poco comunes en un profesional de su experiencia.
El primero fue sobre el final del partido cuando saca a Thomas Müller (en mi opinión la gran figura el partido junto a Bastian Schweinsteiger y Franck Ribery) tras haber marcado el 1 a 0.
¿Buscaba que el público ovacionara al hasta entonces “héroe” de la jornada? Tremendo error si fue así. Jamás se festeja antes del pitazo final y mucho menos cuando la diferencia es de apenas un gol en una Final de Champions.
El segundo fue haber permitido que Arjen Robben patera el penal en el tiempo extra. El holandés es un muy buen jugador, pero le falta el “Factor H” que se necesita a la hora de las definiciones. Basta recordar el gol que se come ante Casillas en la Final del Mundial 2010 o el penal que falla ante el Borussia Dortmund que allanó el camino para el Bicampeonato del equipo de Jürgen Klopp, entre otros.
En esas instancias hay que recurrir a los hombres con un mayor poder de “coraje”. A Heynckes le faltó autoridad o decisión para ordenar que no fuera el holandés el encargado de ejecutar la falta.
Muchos dirán que es muy fácil hablar con el diario del lunes. Es muy cierto. Pero también es muy cierto que la única manera de sacar conclusiones y/o analizar lo sucedido en una Final de semejante trascendencia es con el resultado puesto.
La suerte, las decisiones equivocadas y otras razones terminan por definir una historia que culminó con el éxito del Chelsea. Si fue justa o no es harina de otro costal. Cuestión de gustos. Lo que nadie puede poner en duda es la legitimidad de la conquista.

