08
Nov
2010
Cambalache y algo más...
Cuando en 1934 el compositor, músico, dramaturgo, cineasta argentino y sobretodo poeta popular Enrique Santos Discépolo, escribía la letra del tango Cambalache, su talento lo hacía visionario de un futuro más abarcativo a las huestes originales.
Aquella canción hecha tango, ha sido a través de las décadas, afín con muchos hechos de la vida, pero mucho más aun en estos días con nuestro fútbol y no me refiero al pobre juego que se ve en las canchas argentinas, que salvo contadas excepciones, es deplorable, sino a la omnipotencia de los “barras bravas” que pululan clubes, tribunas y plataformas políticas, escudados en una supuesta pasión futbolera.
Delincuentes que cuidan a otros delincuentes que posesionados en el poder, también delinquen. Matones, agitadores a sueldo y sembradores del terror. Triste y doloroso, pero que no es menos real que la inseguridad social en otros órdenes. El fútbol es utilizado para cubrir otros focos infecciosos que afectan a la sociedad y esta es una muestra más de un mal cotidiano sin freno.
Autores de una repetida y remanida situación que se vive en el fútbol argentino desde hace mucho tiempo y que son nada más ni nada menos, una plaga que ha institucionalizado a las mal llamadas “barras bravas” (cómo si tuvieran algo de bravo). Con sólo repasar cada una de las estrofas de Cambalache tenemos el flagelo descifrado en su máxima expresión. Discépolo nos lo cuenta con mucha antelación y es cómo si nos metieramos en aquella misma maraña de las décadas del 30 y 40, con otro escenario, porque el mismo Discepolín nos decía por aquel entonces: “Qué sería del fútbol sin el hincha”. Con la diferencia de que estos no son hinchas, son delincuentes.
Y no se trata sólo lo que acaban de sufrir los jugadores del Club Atlético Quilmes, el ataque en el Torneo Argentino A (Tercera División) en que los "hinchas" de Deportivo Maipú ingresaron a la cancha y quisieron agredir a los jugadores de Sportivo Belgrano, que ganaba 1 a 0, sino del arrastre de otras bandas sin medir el color de la camiseta, sea un equipo de los denominados grandes o cualquier otro. A estos hijos de vecinos, lo que menos les importa, es el fútbol propiamente dicho. El costo es grande. La lista de muertos, también, pero el “show” no se detiene. Alguno que otro ha purgado muertes con años de cárcel, pero sus fechorías han continuado con su banda de secuaces en el “tablón” en esa guerra civil interbarras dentro y fuera de sus propios dominios.
Muchos de estos supuestos buenos muchachos, que también viajaron a la Copa del Mundo de Sudáfrica por una ayuda especial con el slogan del “Fútbol para Todos” (claro que no ha sido el único mundial al que los pibes han asistido), habla de un lazo muy fuerte entre delincuentes, directivos y políticos que, en mayor o menor medida, de esa unión sacan sus réditos. Es cierto que no todos los hinchas son barras bravas, no todos los directivos y políticos son cómplices, pero esa conjunción es un mal enquistado difícil de curar.
Ese cáncer viene afectando al fútbol argentino. A un fútbol que está en una profunda crisis en muchas de sus facetas, (dirigencial, de concepto y de amor a los colores) cómo cuando Discepolín escribió originalmente aquella letra en denuncia a la llamada Década Infame en el ámbito político de un país vapuleado por los golpes de Estado que derrocaban gobiernos argentinos desde 1930 hasta 1943. Aquella época maléfica en los estamentos de gobierno fue su inspiración, pero si hoy viviera, Discepolín bien podría encontrar esa inspiración en este fútbol argentino que da pena, mucha pena.
Un fútbol que además nos debe mucho desde el concepto de juego y lo estético, que enarbola el “ganar como sea” olvidándose que se juega con la pelota. Un fútbol que acepta las trampas y destierra la lealtad como si fuera un arte de la picardía criolla. Destruír es más fácil que construir y parece que ser delincuente con la venia y amistad de un jefe con poder de decisión, mucho más accesible que ser decente. Al menos en el fútbol de mi país. Lamentable y triste.
Por si no fui lo suficientemente explícito, aquí está la letra del tango al cual hago referencia. Léalo y después me cuenta.
Cambalache
Tango 1934
Letra y Música: Enrique Santos Discepolo
Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé...
(¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!).
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublé...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos
en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos...
¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡ da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...
¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón...
¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...

